El aire en la cafetería se sentía cargado, como si la cadencia final del poema hubiera dejado una extraña vibración en el espacio entre ellos. Raúl se inclinó hacia adelante, con la voz rebosante de curiosidad, "Así que esto es, en esencia, una sentida celebración de la indagación.™
Maya sostuvo su mirada, con algo titilando en sus ojos. Dejó que el silencio se prolongara un momento antes de añadir, "En efecto, así lo parece —mientras sus palabras se asentaban como piedras que dan forma al cauce de un arroyo, señaló. Cada pensamiento es un reflejo, parte de un sueño mayor."
José se recostó en su silla, con los dedos entrelazados en un gesto de profunda quietud. Aunque su rostro estaba sereno, su tono poseía la textura curtida de un hombre que ha visto pasar muchas estaciones. "Se necesita toda una vida para aprender el delicado arte de cuestionar y saber cuándo hacer una pausa" reflexionó con voz pausada y profunda. Y aún más tiempo para aprender la virtud de saber cuándo guardar silencio.
La gravedad del momento fue repentinamente quebrada por la risa aguda de Tara, que se expandió por la sala, disipando al instante las densas nubes de cavilación intelectual.
"¿Una sola vida, José?" bromeó Tara, con los ojos brillando de picardía. "Creo que hacen falta muchas vidas… y, aun así, apenas estaríamos comenzando a formular las preguntas correctas."